La cocina

Resulta curioso como eventos aparentemente sin importancia, pueden desencadenar los más extraños eventos.
No fue hasta aquella media mañana cuando al despertar, luego de una noche tranquila tras vagar por los contornos de los sueños que me restan, cuando al dirigirme hasta la cocina me encuentro con la cortina descolgada, más bien derrumbada, vencida hacia su costado izquierdo. La observo consternado, no hay rastro alguno en torno a la ventana que delate algún agente “externo” que sea el culpable de aquel pequeño debacle. La cortina yace ahí derribada sin explicación alguna, ¿tal vez un bufón escondido tras la alacena?, doy un vistazo por si acaso… mmmm, ¡nada!. Una especie de escalofrío supersticioso me recorre la espina. Chequeo la ventana, la puerta, el techo y todo lo que sea susceptible de verificar, todas las posibles respuestas se reducen a cero. Recojo la cortina y al intentar colocarla en su sitio me doy cuenta de que el soporte metálico en el que debe descansar se haya ¡torcido!...
Mientras bebo mi segunda taza de café, no aparto la vista de la cortina, esta vez baila graciosamente suspendida en las manos de Eolo, extraño… -pienso- y recuerdo de súbito que hace dos noches atrás mientras cenaba, la luz de la sala se ha encendido sola… ¡curioso!... - digo en voz alta - y la cortina deja de bailar y todo se queda en silencio. Me levantó y salgo raudo de la casa, apremiado por aquella sensación de ser observado. Durante el día no hago mas que pensar en la cortina, en la luz de la sala y en aquella fría ráfaga de viento invernal que siento en la nuca, pese a estar en verano.
A la hora del almuerzo decido meterme por una estrella callejuela para acortar camino al restaurante de costumbre, no bien alcanzo a dar algunos pasos y me encuentro con un cartel viejo que cita “Tarot, lectura de manos, pócimas”…. A media tarde mi estomago gruñía poderosamente en evidente reproche por las exiguas galletitas de avena que me engullí en reemplazo del almuerzo, sin embargo, entre mis manos brillaba el pequeño amuleto que me daría “protección”, ante… las fuerzas sobrenaturales que acechan mi existencia previo diagnostico de madame Zulema. La viejecilla aquella era algo más vieja que el tiempo mismo, sus ojos parecían flotar entre las sendas arrugas de su rostro curtido, me dio una sola mirada y con eso le bastó, “ya se por que estas aquí, ahora sabes que están pensando en nosotros los muertos”, toma –me dijo-, mientras hacia tres cruces al aire, no me atreví a decir nada. Cogí el amuleto y me lo colgué al cuello. Al salir, su asistente me cobraba la consulta. Guarde silencio, sin saber muy bien que pensar.
Volví a casa, la tarde ya pintaba su acuarela de ámbar y rosas incendiando el cielo en un ocaso propio de los días de invierno, me quede un momento de pie frente a la puerta sin atreverme a entrar, lleve la mano a mi pecho y palpe el amuleto, decidí entrar. Todo en casa estaba en perfecto orden, todo en su lugar, nada que me pareciera extraño. Hasta pasada la medianoche estuve con el oído atento a cualquier sonido que pudiese provenir de la planta baja y nada, poco a poco el sueño me fue venciendo.
A la mañana siguiente y luego de un reparador sueño, de veras me sentía muy bien, el amuleto seguía en mi cuello, fue raro, pero mi primera acción, tal vez de reflejo si se quiere, fue cerciorarme de el objeto aquel aún permanecía conmigo. Al entrar en la cocina, el temblor en las piernas poco a poco se fue apoderando de todo mi cuerpo. Sobre la mesa estaban mis vasos ordenadamente uno encima de otro, formando una pirámide, salí de allí rápidamente, me fui al cuarto y me vestí con una velocidad que ya se quisiera un bombero, deje la casa y ya en la calle decidí que lo primero antes de la oficina sería ir a que madame Zulema me devolviera el dinero, su mugroso amuleto no servía de nada. En la puerta de la “Consulta” un letrerito pequeño decía “Cerrado”, me importó un carajo, golpee fuertemente durante algunos minutos hasta que la asistente de madame Zulema (aun en bata y con los rulos en el pelo), me abría la puerta, ya verán estas malditas estafadoras - me dije - ,mientras entraba en la consulta.
Mientras almorzaba, se me acercó Renato, el mesero, se quedó de pie frente a mi mesa estrujando entre las manos un pequeño mantel, me miraba consternado y en su tartamudeo se adivinaba que estaba incomodo.
¿Que sucede Renato? – le pregunté mientras dejaba la cuchara sobre mi plato de sopa -..,
heee, heeee, … lo que pasa Señor es que, es quee… , es queee…
¡QUE!..., - inquirí- .
Bien, lo que pasa señor es que los demás clientes están reclamando por el olor - me dijo finalmente Renato, exhalando la última palabra como si se hubiera tratado de un cuesco de aceituna que estuvo ahogándole -,
¿QUE OLOR? - pregunte desconcertado
Bueno, señor… Su olor. – dijo Renato – mientras volvía los ojos al piso.
Mmmm… bueno, tal vez se le pasó la mano con el sahumerio a madame Zulema – pensé mientras olfateaba entre los botones de mi camisa.
Ciertamente madame Zulema, sabía tratar con las pobre almas abrumadas, apenas me vio esa mañana, me dijo – “lo tuyo es mucho peor, de veras mucho peor, tendremos que tomar medidas adicionales con tu caso”, apenas terminaba la frase, ya me tenía descalzo con los pantalones arremangados y metido en un lavatorio con agua caliente lleno de una mezcla de yerbas que no puedo ni repetir su nombre, una barra de incienso en cada mano, uno rojo en la derecha y uno amarillo en la izquierda, y sobre la cabeza un tocado de plumas de avestruz. Madame Zulema recitaba ancestrales conjuros en una lengua extraña (quechua me había dicho luego su asistente), mientras me daba golpecitos con una ramita de ruda que una y otra vez iba sumergiendo en una vasija, así, poco a poco me fue empapando con un liquido indefinible, que conforme se fue secando en mi cuerpo fue tomando un leve aroma, que tras las horas y la acción del sol ya era hedor, al cabo de unas horas ya me había acostumbrado al olor y lo olvide. Hasta ese instante en que tras de siete años de almorzar interrumpidamente en el mismo restaurante, me negaron el servicio por pestífero.
Al cabo de unas semanas, que parecieron años, mi situación empeoraba, las constantes ausencias durante mi jornada de trabajo (mayormente en la consulta de madame Zulema), terminaron por dejarme en la calle, mis amigos me hacían el vacío, me creyeron loco, cuando les relataba los sucesos que acaecían en mi cocina, por que lejos de terminar iban en aumento, pese a los increíbles esfuerzos de madame Zulema, al parecer las fuerzas que rondaban mi hogar (mi cocina específicamente), eran demonios mayores, preciso era entonces practicar un exorcismo, lo cual madame Zulema llevó a cabo sin éxito el viernes pasado, fue lamentable y en verdad oneroso, me quede sin un céntimo, pero bien valía intentarlo, ya no había mañana en que no encontrara algo extraño en la cocina, los huevos estrellados en el techo, las sillas una sobre otra sobre la mesa, el gas encendido, las cortinas en el suelo, arrancadas de un tirón, etc, etc. Pese a mis esfuerzos por permanecer despierto, irremediablemente caía en un pesado sueño, una y otra vez, noche tras noche, siempre con mi pensamiento en los sucesos de esa maldita cocina, depuse de un tiempo ya no pensaba en nada mas que en eso. Así, poco a poco mi salud fue empeorando, perdí peso al punto en que ya casi nada de mi ropa me quedaba bien, era casi un espectro, comencé a peder el cabello, mi rostro enjuto comenzó a llenarse de arrugas, parecía como si la vida misma se me filtrara por los poros y se fura por la cañería cada mañana cuando me duchaba, así pasaron los días, las semanas y el verano
Fue Manuel, un amigo el que finalmente me arrastro a la consulta medica de Cipriano García, el que literalmente me salvo la vida, a esa altura mi estado nervioso era insostenible. Esa vez en la consulta, en aquella fría mañana de Abril le relate todo lo acontecido hasta ahora al doctor García, me escuchó atentamente, mientras tomaba nota en un cuadernillo azul, por un instante temí lo peor, tal vez el doctor García me tomaría por loco, pensé en levantarme y escapar de la consulta, pero ciertamente esa actitud podría no hacer nada mas que ayudarme a titularme de orate.
Al cabo una hora el doctor García me había ordenado una serie de exámenes (que amablemente y afortunadamente Manuel pagó), esa noche Manuel se quedo en casa. Me acosté y dormí como un bebe, mi mente estaba despejada, tal vez producto de los somníferos que me recetó García.
Durante la semana completa no tuve ningún problema con el sueño, aquellas pildoritas eran mágicas, descanse mucho, y en la cocina…., bueno, en la cocina todo parecía haberse calmado, nada anormal, todo estaba tal cual como debía estar. Por algunos instantes todo me parece un mal sueño, pero bueno, eso es solo un decir pues lo eventos que me apremiaban fueron tan reales como sus consecuencias, ahora desempleado, y con diez kilos menos, decidí volver a empezar. Vendí la casa, y me mude a un apartamento pequeño de dos ambientes, la casa era grande y estaba en uno de los mejores barrios de S… , así que me quedo algo de efectivo para aguantar algunos meses, mientras me colocaba en alguna nueva oficina. Todo parecía ir bien, cada vez mejor, hasta que decidí que ya no necesitaba las pildoritas de García, ese fue mi error…, apenas y deje de tomar los somníferos y los eventos de la cocina se volvieron a repetir, cada mañana todo aparecía patas arriba, pero nada estaba roto, solo desacomodados, cambiados de lugar, vasos, cucharas y demases objetos se equilibraban a perfección unos con otros, con una precisión exasperante. Llame a Manuel, con voz entrecortada le pedí auxilio, el temblor en mis rodillas poco a poco subía por mi cuerpo, como una enredadera poderosa y feroz. Manuel me llevo nuevamente a la consulta del Doctor García, este, sin mediar mas que en mi relato (ya me había practicado todos los exámenes de rigor), decidió dejarme internado bajo observación. Aquella noche en la clínica, me quede dormido algo mas tarde que de costumbre, las sombras azules sobre el muro a veces semejaban formas que abrazaban la punta de mi cama.
Es extraño que el recuerdo de estos sucesos, acontecidos tantos años atrás me asalte ahora. García – el medico -, tras mucho meditar sobre lo que me sucedía decidió dejarme internado aquella noche y sin que yo lo supiera esa noche, cambio el somnífero por un placebo (aspirina creo que fue, según me contó después). A la mañana siguiente – recuerdo como si fuera ahora - , García me despertó muy temprano y me extendió una hoja de su puño y letra que aun conservo, en ella cita “Luego de todos los exámenes y estudios que te hemos practicado, podemos concluir que padeces de trastorno del sueño clasificado como parasomnia”, me quede con el papel en la mano sin comprender, así lo adivino García pues no hizo mas que ponerme una mano en el hombro, se acerco a mi oído y me dijo … ¡ Huevon… tú eres sonámbulo.!




