08 febrero 2010

La cocina






Resulta curioso como eventos aparentemente sin importancia, pueden desencadenar los más extraños eventos.

No fue hasta aquella media mañana cuando al despertar, luego de una noche tranquila tras vagar por los contornos de los sueños que me restan, cuando al dirigirme hasta la cocina me encuentro con la cortina descolgada, más bien derrumbada, vencida hacia su costado izquierdo. La observo consternado, no hay rastro alguno en torno a la ventana que delate algún agente “externo” que sea el culpable de aquel pequeño debacle. La cortina yace ahí derribada sin explicación alguna, ¿tal vez un bufón escondido tras la alacena?, doy un vistazo por si acaso… mmmm, ¡nada!. Una especie de escalofrío supersticioso me recorre la espina. Chequeo la ventana, la puerta, el techo y todo lo que sea susceptible de verificar, todas las posibles respuestas se reducen a cero. Recojo la cortina y al intentar colocarla en su sitio me doy cuenta de que el soporte metálico en el que debe descansar se haya ¡torcido!...

Mientras bebo mi segunda taza de café, no aparto la vista de la cortina, esta vez baila graciosamente suspendida en las manos de Eolo, extraño… -pienso- y recuerdo de súbito que hace dos noches atrás mientras cenaba, la luz de la sala se ha encendido sola… ¡curioso!... - digo en voz alta - y la cortina deja de bailar y todo se queda en silencio. Me levantó y salgo raudo de la casa, apremiado por aquella sensación de ser observado. Durante el día no hago mas que pensar en la cortina, en la luz de la sala y en aquella fría ráfaga de viento invernal que siento en la nuca, pese a estar en verano.

A la hora del almuerzo decido meterme por una estrella callejuela para acortar camino al restaurante de costumbre, no bien alcanzo a dar algunos pasos y me encuentro con un cartel viejo que cita “Tarot, lectura de manos, pócimas”…. A media tarde mi estomago gruñía poderosamente en evidente reproche por las exiguas galletitas de avena que me engullí en reemplazo del almuerzo, sin embargo, entre mis manos brillaba el pequeño amuleto que me daría “protección”, ante… las fuerzas sobrenaturales que acechan mi existencia previo diagnostico de madame Zulema. La viejecilla aquella era algo más vieja que el tiempo mismo, sus ojos parecían flotar entre las sendas arrugas de su rostro curtido, me dio una sola mirada y con eso le bastó, “ya se por que estas aquí, ahora sabes que están pensando en nosotros los muertos”, toma –me dijo-, mientras hacia tres cruces al aire, no me atreví a decir nada. Cogí el amuleto y me lo colgué al cuello. Al salir, su asistente me cobraba la consulta. Guarde silencio, sin saber muy bien que pensar.

Volví a casa, la tarde ya pintaba su acuarela de ámbar y rosas incendiando el cielo en un ocaso propio de los días de invierno, me quede un momento de pie frente a la puerta sin atreverme a entrar, lleve la mano a mi pecho y palpe el amuleto, decidí entrar. Todo en casa estaba en perfecto orden, todo en su lugar, nada que me pareciera extraño. Hasta pasada la medianoche estuve con el oído atento a cualquier sonido que pudiese provenir de la planta baja y nada, poco a poco el sueño me fue venciendo.


A la mañana siguiente y luego de un reparador sueño, de veras me sentía muy bien, el amuleto seguía en mi cuello, fue raro, pero mi primera acción, tal vez de reflejo si se quiere, fue cerciorarme de el objeto aquel aún permanecía conmigo. Al entrar en la cocina, el temblor en las piernas poco a poco se fue apoderando de todo mi cuerpo. Sobre la mesa estaban mis vasos ordenadamente uno encima de otro, formando una pirámide, salí de allí rápidamente, me fui al cuarto y me vestí con una velocidad que ya se quisiera un bombero, deje la casa y ya en la calle decidí que lo primero antes de la oficina sería ir a que madame Zulema me devolviera el dinero, su mugroso amuleto no servía de nada. En la puerta de la “Consulta” un letrerito pequeño decía “Cerrado”, me importó un carajo, golpee fuertemente durante algunos minutos hasta que la asistente de madame Zulema (aun en bata y con los rulos en el pelo), me abría la puerta, ya verán estas malditas estafadoras - me dije - ,mientras entraba en la consulta.


Mientras almorzaba, se me acercó Renato, el mesero, se quedó de pie frente a mi mesa estrujando entre las manos un pequeño mantel, me miraba consternado y en su tartamudeo se adivinaba que estaba incomodo.

¿Que sucede Renato? – le pregunté mientras dejaba la cuchara sobre mi plato de sopa -..,

heee, heeee, … lo que pasa Señor es que, es quee… , es queee…

¡QUE!..., - inquirí- .

Bien, lo que pasa señor es que los demás clientes están reclamando por el olor - me dijo finalmente Renato, exhalando la última palabra como si se hubiera tratado de un cuesco de aceituna que estuvo ahogándole -,

¿QUE OLOR? - pregunte desconcertado

Bueno, señor… Su olor. – dijo Renato – mientras volvía los ojos al piso.

Mmmm… bueno, tal vez se le pasó la mano con el sahumerio a madame Zulema – pensé mientras olfateaba entre los botones de mi camisa.

Ciertamente madame Zulema, sabía tratar con las pobre almas abrumadas, apenas me vio esa mañana, me dijo – “lo tuyo es mucho peor, de veras mucho peor, tendremos que tomar medidas adicionales con tu caso”, apenas terminaba la frase, ya me tenía descalzo con los pantalones arremangados y metido en un lavatorio con agua caliente lleno de una mezcla de yerbas que no puedo ni repetir su nombre, una barra de incienso en cada mano, uno rojo en la derecha y uno amarillo en la izquierda, y sobre la cabeza un tocado de plumas de avestruz. Madame Zulema recitaba ancestrales conjuros en una lengua extraña (quechua me había dicho luego su asistente), mientras me daba golpecitos con una ramita de ruda que una y otra vez iba sumergiendo en una vasija, así, poco a poco me fue empapando con un liquido indefinible, que conforme se fue secando en mi cuerpo fue tomando un leve aroma, que tras las horas y la acción del sol ya era hedor, al cabo de unas horas ya me había acostumbrado al olor y lo olvide. Hasta ese instante en que tras de siete años de almorzar interrumpidamente en el mismo restaurante, me negaron el servicio por pestífero.

Al cabo de unas semanas, que parecieron años, mi situación empeoraba, las constantes ausencias durante mi jornada de trabajo (mayormente en la consulta de madame Zulema), terminaron por dejarme en la calle, mis amigos me hacían el vacío, me creyeron loco, cuando les relataba los sucesos que acaecían en mi cocina, por que lejos de terminar iban en aumento, pese a los increíbles esfuerzos de madame Zulema, al parecer las fuerzas que rondaban mi hogar (mi cocina específicamente), eran demonios mayores, preciso era entonces practicar un exorcismo, lo cual madame Zulema llevó a cabo sin éxito el viernes pasado, fue lamentable y en verdad oneroso, me quede sin un céntimo, pero bien valía intentarlo, ya no había mañana en que no encontrara algo extraño en la cocina, los huevos estrellados en el techo, las sillas una sobre otra sobre la mesa, el gas encendido, las cortinas en el suelo, arrancadas de un tirón, etc, etc. Pese a mis esfuerzos por permanecer despierto, irremediablemente caía en un pesado sueño, una y otra vez, noche tras noche, siempre con mi pensamiento en los sucesos de esa maldita cocina, depuse de un tiempo ya no pensaba en nada mas que en eso. Así, poco a poco mi salud fue empeorando, perdí peso al punto en que ya casi nada de mi ropa me quedaba bien, era casi un espectro, comencé a peder el cabello, mi rostro enjuto comenzó a llenarse de arrugas, parecía como si la vida misma se me filtrara por los poros y se fura por la cañería cada mañana cuando me duchaba, así pasaron los días, las semanas y el verano

Fue Manuel, un amigo el que finalmente me arrastro a la consulta medica de Cipriano García, el que literalmente me salvo la vida, a esa altura mi estado nervioso era insostenible. Esa vez en la consulta, en aquella fría mañana de Abril le relate todo lo acontecido hasta ahora al doctor García, me escuchó atentamente, mientras tomaba nota en un cuadernillo azul, por un instante temí lo peor, tal vez el doctor García me tomaría por loco, pensé en levantarme y escapar de la consulta, pero ciertamente esa actitud podría no hacer nada mas que ayudarme a titularme de orate.

Al cabo una hora el doctor García me había ordenado una serie de exámenes (que amablemente y afortunadamente Manuel pagó), esa noche Manuel se quedo en casa. Me acosté y dormí como un bebe, mi mente estaba despejada, tal vez producto de los somníferos que me recetó García.
Durante la semana completa no tuve ningún problema con el sueño, aquellas pildoritas eran mágicas, descanse mucho, y en la cocina…., bueno, en la cocina todo parecía haberse calmado, nada anormal, todo estaba tal cual como debía estar. Por algunos instantes todo me parece un mal sueño, pero bueno, eso es solo un decir pues lo eventos que me apremiaban fueron tan reales como sus consecuencias, ahora desempleado, y con diez kilos menos, decidí volver a empezar. Vendí la casa, y me mude a un apartamento pequeño de dos ambientes, la casa era grande y estaba en uno de los mejores barrios de S… , así que me quedo algo de efectivo para aguantar algunos meses, mientras me colocaba en alguna nueva oficina. Todo parecía ir bien, cada vez mejor, hasta que decidí que ya no necesitaba las pildoritas de García, ese fue mi error…, apenas y deje de tomar los somníferos y los eventos de la cocina se volvieron a repetir, cada mañana todo aparecía patas arriba, pero nada estaba roto, solo desacomodados, cambiados de lugar, vasos, cucharas y demases objetos se equilibraban a perfección unos con otros, con una precisión exasperante. Llame a Manuel, con voz entrecortada le pedí auxilio, el temblor en mis rodillas poco a poco subía por mi cuerpo, como una enredadera poderosa y feroz. Manuel me llevo nuevamente a la consulta del Doctor García, este, sin mediar mas que en mi relato (ya me había practicado todos los exámenes de rigor), decidió dejarme internado bajo observación. Aquella noche en la clínica, me quede dormido algo mas tarde que de costumbre, las sombras azules sobre el muro a veces semejaban formas que abrazaban la punta de mi cama.


Es extraño que el recuerdo de estos sucesos, acontecidos tantos años atrás me asalte ahora. García – el medico -, tras mucho meditar sobre lo que me sucedía decidió dejarme internado aquella noche y sin que yo lo supiera esa noche, cambio el somnífero por un placebo (aspirina creo que fue, según me contó después). A la mañana siguiente – recuerdo como si fuera ahora - , García me despertó muy temprano y me extendió una hoja de su puño y letra que aun conservo, en ella cita “Luego de todos los exámenes y estudios que te hemos practicado, podemos concluir que padeces de trastorno del sueño clasificado como parasomnia”, me quede con el papel en la mano sin comprender, así lo adivino García pues no hizo mas que ponerme una mano en el hombro, se acerco a mi oído y me dijo … ¡ Huevon… tú eres sonámbulo.!

26 enero 2010

Relax




La brisa salada se cuela por la ventana. Afuera, la tea ambarina de un astro holgazán poco a poco se cuelga el gorro de dormir. Fijar los ojos en su fuego y luego de algunos pestañeos rápidos y sucesivos, pequeñas manchitas azul verdoso parecieran pulular en la penumbra que nos rodea. Respiro, y me estiro cuan largo puedo ser, bostezo, otro sorbo de cerveza fría y otra vez la mirada hacia la costa.

Las sombras abrazan la arena. Es todo cuanto existe en la retina, mar, gaviotas, espuma, sol, sombras que se alzan inventándose humanas figuras cuyos pasos la espuma no tarda en borrar, el humo de un cigarrillo olvidado entre mis dedos, los dorados rizos de la cordobesa de la mesa del frente, el aroma dulce de la mesera, dos chicos saltando un tablón ceniciento venido quizás de algún naufragio lejano y misterioso, las luces de la ciudad que a lo lejos invita a otra noche de copas, viento, sal, risas, música, amigos y por sobre todo, relajo.

El mundo entero cabe en la retina, apenas una miradita al mundo, un respiro lejos de la locura de la urbe, un par de segundos en que le doy un mordisco al tiempo, ven aquí, observa por la ventana y coge tu pedacito de sosiego.

25 agosto 2009

Lost


La fresca brisa de la tarde no tardaría en transformarse en temible viento sur. El avance definitivamente errante, el cielo comenzando a cubrirse de estrellas, mientras en lo alto una pálida luna parece divertirse observando los nerviosos movimientos de un punto diminuto en medio de la espesura de aquel oscuro bosque. Una y otra vez corrige el rumbo siguiendo las huellas de su propia memoria, como una nerviosa rata en arbóreo laberinto.

A trechos el paso se cierra en verticales muros vivos cuyo entramado no cede al empeño de sus brazos cansados, y a esas alturas atiborrados de cicatrices, la caricia de aquellas espinas va dibujando con cada sutil arañazo perfectas formas que le dan una apariencia de madera vieja a su carne. Las manos sangran una vez mas al procurarse el avance entre las ramas, ante la férrea resistencia solo queda volver tras los pasos, escrutar la negra tierra, abrir entero los ojos esperando capturar el escaso brillo de una luna que lo observa en silencio. Aquel espectro de luz que se ha fundido y se riega a ultranza sobre los sanguinolentos trazos en su carne, que comienzan a fosforecer de una manera extraña.

El oído atento al rumor del riachuelo, ¡oh, si tan solo pudiera escucharle!, salvo sería y enmendaría la ruta siguiendo su cause hasta tierra segura, mas el único rumor es el silbar del viento entre las espinas, cada paso mas difícil que el anterior, el terreno reblandecido por la lluvia atrapa su pesado calzado al punto de atreverse a detenerle, no queda mas entonces que descalzarse y seguir con el intento de encontrar la salida, la vereda florida y apacible por donde cruzar el campo, sin embargo basto solo un momento de distracción, un errático giro y solo sumirse en aquel páramo donde el sol es forastero, apenas un despistado visitante, solo la luna reina en aquel paraje, luna compañera de tantas noches de besos y versos encendidos, jamás le había parecido mas miserable y traicionera, ni siquiera su figura se dibuja completa entre aquella maraña, mas los plateados hilillos se filtran por doquier iluminando vagamente la tierra olvidada, apenas un recuerdo de su misma esencia.

El andar desesperado y sin cuidado ha vuelto jirones su ropaje, los despojos de la tela en la brisa inician una silenciosa danza, y a cada nuevo paso descalzo los cardos hieren hondo la carne, brota entonces generosa la vida por su cuerpo enrollándose en espirales, en lento deslizar hasta sus piernas, el viento arrecia y enciende en grado sumo el lamento poderoso de los árboles hace siglos dormidos, el temor late a cien revoluciones en lo profundo de su pecho, y a cada nuevo aliento las heridas ensanchan y duelen, por un instante el dolor muerde insoportable y en la tierra oscura, las rodillas se estrellan con seco golpe mientras la ventolera terrible bate los macizos troncos como espigas de trigo, los ojos cerrados y los oídos cubiertos por las manos heridas, el revuelo alza en torbellino en torno al cuerpo levantando la hojarasca podrida y maloliente en circulares evoluciones, el grito descarnado de terror se pierde entre las hojas que silban en vuelo. De pronto el rumor cae abatido por un profundo silencio, el fulgor de la luna cae recto sobre su cabeza, desconcertado ante la pausa vuelve a incorporarse con dificultad, cada hueso de su cuerpo se lamenta como añosa madera, el halo lunar sobre su cuerpo quiebra la espesura en torno a su centro aumentando el radio lentamente, esparciéndose como una gota de aceite, el silencio es sepulcral y el movimiento se ha vuelto imposible, ni un músculo atina a recordar un solo movimiento, las heridas, todas las heridas resplandecen y de ellas la vida mana profusamente, transformándose la sangre en delgados hilos vegetales, sus pierna se han fundido en grueso tronco y el grito ya es imposible en su olvidada boca.

Lo último de su ser desaparece tras la madera, frondoso ha comenzado ha alzarse en medio del negro espesor del bosque oscuro, la luna apacigua su furor y vuelve a filtrarse débilmente entre el ramaje, la brisa vuelve a silbar y un nuevo canto se suma al rumor de la noche, los árboles lóbregos reanudan un canto de centurias, develando los secretos de los tiempos a su un nuevo compañero, que a su tiempo, ha de cantar también en alabanza de un nuevo nacimiento.

15 agosto 2009

Otra noche



Abre los ojos despacio, muy, muy lento. El sol se ha dormido apenas hace unas horas, da vueltas en la cama sin atreverse a poner pie fuera, quisiera dormir semanas enteras, el aire le aprieta la nariz en una mezcla de alcohol, sudor y tabaco, risas forzadas y falsas caricias. Dos pasos a la ducha y permanecer inmóvil bajo el caudal que le lame la piel sin borrar las huellas de la noche anterior, restriega con fuerza cada palmo de su carne sin poder arrancarse aquel aroma, aquellas manos horrendas, el agua baja por su rostro llevándose cada una de sus lagrimas mudas, se estremece su pecho saltando con cada nuevo sollozo, con cada nueva imagen de besos sin nombre y sin pausa sobre su boca.

Sentada en la cama los pies le cuelgan dejando que las últimas gotas se apuren dibujando oscuras figuras sobre el piso, el pelo sobre sus hombros como aterciopeladas cortinas de un teatro, oculta las mordidas sobre su busto de niña, apenas dieciséis y cada uno le pesa, hace tantas noches se a quedado proscrita la inocencia y las rondas de Gabriela donde todas iban a ser reinas, pero no hubo alegre canto que callara el llanto, ni abrazos que le aguarden en la puerta.

Frente al espejo tiñe sus ojos dormidos con múltiples colores, primero los ojos y luego la boca, poco a poco va vistiéndose de otra, simulando frescura, y otra vez el recuerdo de la maciza mano sobre su boca apretando y ahogando su miedo, la presión sobre el pecho y el dolor en la entrepierna doncella, la imagen de aquel rostro infame y jadeante que a cada embestida iba quitándole un pedazo mas de alma que debía proteger, de los sueños infantiles que debía guardar y guiar de la mano.

Es mejor otro trago, la noche esta fría y al marchar tras la puerta cuelga su piel de niña, los pasos apurados siempre a la misma esquina, los mismos faroles dibujando estelas luminosas que salvan las figuras de otras siluetas, de otras historias y callados dolores, tal vez de otras manos macizas sobre la boca. La noche inicia y tan solo espera que llegue la mañana para intentar bajo el agua borrar las huellas de las manos venideras, del asco que le provoca cada beso en su boca.

Pasea despacio alzando la cabeza y a su lado se detiene un automóvil, repitiendo la misma rutina en la que ella se va gastando la primera sonrisa de la jornada, falsa alegría que oculta el asco tras la delgada capa de carmín.

Veinte minutos mas tarde la monotonía de luces en la avenida, los faros traseros de un automóvil solitario alejándose raudo despintándose en líneas imposibles tras la esquina, y luego otra vez la espera y los labios despidiendo besos de alquiler que se pierden en las fauces de otra noche mas.

07 agosto 2009

Mal Sueño



Los ojos pegados en el techo, el tic-tac desde el velador revela el continuo avance del pasar de las horas, antes de que el sol despierte entre las montañas violetas las imágenes de las manos sobre su piel se pasean en el recuerdo y se hace mas intenso el peso en el pecho, respira, tiembla, respira hondo y el escalofrío en su carne se desliza por la cama en prolongada vibración, provocando el revolver de aquel cuerpo que descansa a su lado que parece revisar un sueño. Lentamente el cuarto se vuelve mas y mas claro, un tímido rayo tan pálido como sus manos acarician el muro y dibujan una línea que estalla en resplandor sobre aquel único espejo en la habitación, cierra los ojos y persiste el recuerdo, sus manos, sus labios, el batir de su cuerpo escapando en sudores al abrazo ajeno, el morder de las bocas y un gemido entre dientes vuelve a sus labios.

Un nuevo movimiento en el hemisferio opuesto de la cama anticipa lo cotidiano, poco a poco se vuelve sobre si y apoyada en su flanco solo le observa en silencio, ahí esta, siempre ahí como todas las mañanas desde hace tantas mañanas, el mismo cuerpo, la misma conocida geografía en la que ella ha sido desde hace tanto la única viajera, quisiera tocarlo deslizar su mano sobre su frente, despacio y lentamente despertarlo, que sean sus ojos la primera imagen que inunde su mirar somnoliento y divertido, pero no, no puede ni siquiera tocarlo, ni siquiera debiera mirarlo, sobre todo ahora, ahora que todavía no se ha disipado la imagen en recuerdo de aquel otro cuerpo, de aquellos gemidos entregados entre otros brazos que no son sus brazos, en ese calor que le quema la carne y la postrado con el corazón a dos mitades.

Lo mira, simplemente lo mira y descubre como la mañana lo besa en la cara dibujando y acentuando sus líneas cinceladas, el mentón firme en el que mas de una mordida tierna quedo plasmada, lo mira, ahí junto a ella tan desnudo como un niño, sumido en el manto de los sueños, casi indefenso y siente que el pecho se le cae a pedazos, que el nudo en la garganta es incontenible, y tratando de escapar cierra fuerte los ojos y solo consigue que aquel recuerdo sea mas claro, que su cuerpo brille en aquellos brazos, que la entrega a ese otro que no es su otro, que no es su cotidiano, su amado niño claro, le castigue el pensamiento, aquí esta, ya metido en su cuarto, en su misma cama, se pasea la culpa y se clava entre ambos ante su insomne y pequeña figura, la tibieza en sus manos le impide la diaria caricia, si tan solo pudiera volver a mirarle a la cara después de esta mañana, vestida en la mentira, solo es el comienzo de tantas malditas mañanas, de esperar sus ojos tras el sueño, del beso en la frente que le quema la carne, de su sonrisa alegre y buena al amparo de la siempre frágil y bendita ignorancia.

La noche lo abandona y sus ojos se lanzan sobre ella, la primera sonrisa del día le atraviesan la garganta, sus manos la buscan y al primer tacto rompe ella en tranquilo llanto, ¿Qué te pasa, esta mañana?, pregunta preocupado y la acerca con cuidado, ella lo toca y busca de entre sus mentiras una tierna sonrisa, nada, no pasa nada, solo ha sido un mal sueño.